Corría el año 1990, más específicamente entre fines de agosto y principios de septiembre, cuando fue convocado el Octavo Congreso sobre prevención del delito de Naciones Unidas, en el Centro de Convenciones en la Ciudad de La Habana, Cuba.
En ese contexto, el Consejo Ejecutivo Internacional de la Organización Defensa de los Niños con sede en Ginebra, Organismo no Estatal Consultivo de Naciones Unidas, decidió que en su representación participara el destacado jurista Dr. Daniel O’Donnel y quien suscribe.
Junto al apreciado amigo Raúl Zaffaroni, compartimos numerosos momentos del debate dentro de las comisiones como en sesiones plenarias. El tema sobre el cual concentré mi labor se orientó hacia el impulso a las medidas socioeducativas no privativas de la libertad y al conjunto de Derechos de los adolescentes en el Sistema Penal Juvenil.
Las Directrices de ese Congreso, en su Resolución 45/112, consagró lo que se conocería más tarde como las Directrices de Riad. La resolución mencionada, desde entonces constituye una plataforma de consulta insalvable toda vez que se procura avanzar en la democratización del Sistema Penal Juvenil, y asimismo, es fuente de inspiración del Comité de Derechos del Niño de Naciones Unidas expresado particularmente en el Comentario N° 10 relativo a «Los Derechos del Niño en la Justicia de menores» y en el cual me correspondiera en carácter de Miembro Vicepresidente de ese Órgano de Tratado, afirmar los principios y disposiciones que fueran definiciones dentro de la Convención y ratificadas en las Directrices de La Habana sobre prevención de la delincuencia juvenil.
Cabe mencionar que en una como otra instancia al considerarse el análisis respecto de la edad mínima penal, se consideró que la franja óptima entre los 14 y 16 años, exhortando a los Estados a no descenderla una vez alcanzado ese objetivo.
Las largas Jornadas del Congreso, estuvieron precedidas desde horas muy tempranas por extensas caminatas con Raúl Zaffaroni por las calles, callejuelas y el propio malecón.
El Presidente Fidel Castro, efectuó el 27 de agosto la apertura del Congreso, los centenares de asistentes de diferentes partes del mundo escucharon con profundo respeto y atención su mensaje en el cual afirmó el compromiso de su Gobierno con la Convención sobre los Derechos del Niño, expresando la firme convicción de su progresiva implementación. Recuerdo los relevantes datos que presentara acerca de la garantía de los Derechos de los Niños, especialmente en el plano de la educación y la salud y, al mismo tiempo, señalando que es necesario que en materia de Justicia Penal Juvenil resultaba necesario que el país avanzara en la orientación marcada por la Convención. En su muy elocuente discurso y como era esperable, no se detuvo sólo en destacar el valor del evento y la cálida bienvenida, sino que orientó su reflexión sobre el nuevo escenario social que se abría con la caída del Muro de Berlín y el desafío para los países y pueblos del Tercer Mundo.
Su espíritu revolucionario no le impidió reconocer la diversidad de representaciones políticas e ideológicas que colmaban la inmensa sala y que al término de su alocución, aplaudieron de pie por largos minutos.
Pocos días después, específicamente el 3 de septiembre, tanto Raúl como yo, recibimos una invitación personal para asistir a una cena que brindaría el Presidente Fidel Castro a los asistentes de países Latinoamericanos. Recuerdo la emoción y perplejidad ante la convocatoria y hasta llegué a pensar que se trataría de un error. No era un error, y a las 20.30 hs del día indicado, ingresamos al Palacio de la Revolución.
Nos esperaban momentos inolvidables. El grupo de argentinos, además de Zaffaroni y quien suscribe, se encontraban los funcionarios del Gobierno Nacional César Arias y Atilio Alvarez.
El Presidente Castro, se detenía a conversar con cada invitado y para cada uno/a un diálogo específico. Llegó mi turno. Primer sorpresa fue que me llamó por mi nombre sin darme tiempo a presentarme y poder agradecer la invitación. Enseguida me preguntó «¿y cómo están las Abuelas? Usted ha colaborado mucho con ellas y también ha sufrido mucho con la Dictadura, ha sido muy valiente».
Le agradecí sus palabras y le transmití los saludos de la Sra. Chicha Mariani, quien poco tiempo antes se había alejado de la Institución; me habló del Concierto organizado en Cuba bajo la dirección de su esposo Profesor Mariani, luego y en tono muy amigable me preguntó «¿qué hace un médico entre tantos abogados?», le contesto con una sonrisa «los derechos de los niños son demasiado importantes para dejarlos en mano de una sola profesión», asintió con una sonrisa y luego me preguntó «¿qué piensa de Cuba ahora que la ve de cerca?»….»mire Presidente, nuestra generación creció en sus sueños y esperanzas de Justicia y Liberación, observando el camino que recorría Cuba, con orgullo y envidia valoramos los logros en educación y salud, primordialmente para niños y jóvenes; rechazamos el bloqueo norteamericano y quisiéramos una Cuba cada día más integrada a América Latina».
Recuerdo como si fuera hoy su mirada, penetrante, firme, severa y a su vez comprensiva; nunca antes ni después recuerdo una comunicación con esas características. Me habló de la significación del bloqueo y de la fortaleza del pueblo cubano para sobreponerse a este difícil momento. Volvió la mirada más distendido, me preguntó «¿tiene algunas dudas?»….contesté «algunas», «¿cuando vuelve a la Argentina?», «dentro de cuatro días»….»bueno Liwski, tenemos tiempo para conocernos mejor». Nos despedimos con un abrazo y de esos inolvidables 8 o 10 minutos de conversación siguió una reflexión que acompañó buena parte de mi vida.
Luego llegó la cena con un acotado discurso de bienvenida del Presidente Castro.
Al promediar el ágape, una señorita de ceremonial me comunicó que por expresa indicación del Presidente, en un salón continuo me aguardaban el Ministro de Salud y el Ministro de Justicia.
Concurrí de inmediato al encuentro con ellos, conversamos un largo rato sobre los diferentes campos de políticas publicas referidas a la niñez, la adolescencia y la juventud, y posteriormente organizamos una agenda de encuentros y visitas.
En cada visita a instituciones, encuentros con equipos de trabajo, diálogos con jóvenes y niños, podía observar una búsqueda permanente de superación respecto de sus propias políticas y logros.
En el último adiós al Presidente Fidel Castro, y más allá de las controversias de la historia, nos deja una profunda huella de compromiso con los ideales liberadores y un camino que los pueblos latinoamericanos y particularmente las jóvenes generaciones, debemos fortalecer con mayor integración regional y compromiso emancipador para el bienestar y la Justicia Social.
Dr. Norberto Liwski
27 de Noviembre de 2016